Con la llegada de los nuevos modelos de smartphones Google Pixel 8 y Pixel 8 Pro, una encendida controversia ha resurgido en torno a la ética de la manipulación de imágenes. Estos dispositivos incorporan herramientas de edición de fotos impulsadas por inteligencia artificial, como ‘Best Take’ y ‘Magic Editor’. La primera utiliza algoritmos de aprendizaje automático para realizar modificaciones en las expresiones faciales capturadas en fotos, como insertar una sonrisa donde originalmente no existía. Por otro lado, ‘Magic Editor’ posibilita eliminar, desplazar y alterar el tamaño de elementos en una imagen, completando el espacio vacío con texturas generadas por IA.

Este avance tecnológico simboliza sin duda una conquista en términos de versatilidad e innovación. Sin embargo, despierta serias controversias sobre la integridad del contenido digital y la percepción pública de la «realidad». En una era donde las noticias falsas y la desinformación son problemas crónicos, la posibilidad de alterar de forma sencilla las expresiones faciales o elementos en una fotografía podría empeorar estas complicaciones.

Esta polémica se agudiza aún más para profesionales como fotógrafos y periodistas. Para ellos, la autenticidad de las imágenes es esencial, y haber cruzado ciertos límites éticos puede socavar la credibilidad de un sector entero. Otro de los dilemas presentes es la cuestión del consentimiento. Plantear si es moral alterar la expresión facial de una persona sin obtener previamente su permiso es necesario, especialmente cuando estas fotos editadas se hacen públicas en redes sociales.

En cuanto al panorama jurídico, la capacidad de manipular imágenes de manera tan convincente podría producir secuelas legales. Por ejemplo, ¿Cómo afectaría la autenticidad de las pruebas fotográficas en un tribunal?

Isaac Reynolds, líder del equipo de sistemas de cámara de Google, ha justificado estas funciones, asegurando que se trata de ofrecer una «representación de un momento» a partir de diversos instantes reales. Además, Google incorpora metadatos a las fotos que indican el uso de inteligencia artificial, buscando así mantener la transparencia.

Lo que es innegable es que, a medida que la tecnología avanza, las líneas entre la realidad y la manipulación se vuelven cada vez más difusas. Esto afecta no sólo a una cuestión de moralidad, sino también a cómo entendemos y representamos la realidad en un mundo cada vez más digitalizado.